Educar y crecer en familia. Entrevista a Ritxar Bacete: Hombres por la igualdad en la crianza y educación

Entrevista realizada por Etxadi para Educar y crecer en Familia del Ayuntamiento de Bilbao.Mila esker!

Fotografía de Ritxar Bacete González

1. ¿Qué papel considera que juega en la actualidad la figura del padre en un entorno familiar?

La figura del padre en el entorno familiar está viviendo un cambio espectacular, siendo una de las mayores transformaciones sociales que hemos podido analizar. Lo que está ocurriendo fundamentalmente, es que la sociedad ha cambiado, las expectativas de las mujeres han cambiado, la economía se ha transformado y los roles de los hombres están en crisis. Como padres, tenemos que hacer una redefinición positiva, no nos podíamos quedar atrás de estos cambios. Es más, muchos de nosotros ya hemos tomado conciencia y hemos empezado a transformar nuestras vidas personales, pero también a formar parte de un movimiento global de hombres que nos estamos transformando a través de la oportunidad que nos brinda esta crisis de la masculinidad a través de la experiencia de la paternidad, vivida de forma consciente, activa y comprometida.

Podemos decir, que los cambios de la figura del padre en el entorno familiar no son un hecho aislado. Estamos ante un fenómeno global que se está produciendo a nivel planetario y que afecta a todos los padres y madres del mundo. Se está gestando un cambio de paradigma que afecta de una forma muy especial a los hombres, que ha venido para quedarse y que demanda a cada uno de nosotros como hombres y padres, un cambio hacia actitudes y prácticas diferentes, en las que nuestra relación con los cuidados sean el núcleo a partir del cual se cimente nuestra identidad.

Además, todo esto tiene un componente político y social, más allá de las opciones personales de cada hombre. Las distintas investigaciones confirman reiteradamente que a medida en que los hombres son más responsables del cuidado de las demás personas y de sí mismos, sus entornos se transforman de forma positiva. Uno de los resultados más innovadores es la constatación de que la participación del padre en la crianza afecta a los hijos e hijas tanto como la participación de la madre. Autores como Michael Lamb sostienen que la intervención de los padres se ha relacionado con un aumento del desarrollo cognoscitivo y del rendimiento académico, una mejor salud mental de los niños y las niñas, así como con tasas de delincuencia más bajas entre los hijos varones. Estudios realizados en múltiples países han demostrado que la interacción de los papás es importante para que sus hijos e hijas adquieran empatía y aptitudes sociales.

No es casual que en el año 2015 se presentara por primera vez en la sede de Naciones Unidas de Nueva York, de la mano de ONU Mujeres, el primer informe sobre el Estado de la Paternidad en el Mundo, al mismo tiempo que están surgiendo grupos de padres preocupados por la igualdad, los cuidados y la crianza en todos los puntos de nuestro planeta, sobre todo a través de las redes sociales.

2. En recientes publicaciones que has realizado, te refieres al término “Paternidades Positivas” ¿Qué habría detrás de ese término? ¿Qué son las Paternidades Positivas?

La Paternidad Positiva es un concepto novedoso que aglutina elementos de la parentalidad positiva, la crianza con apego seguro y una perspectiva igualitaria a través de las teorías feministas o de género.

Tal y como la hemos definido, la Paternidad Positiva se refiere la transformación de la identidad de los padres (varones) como cuidadores, lo que supone cambios importantes en el comportamiento a través la implicación activa en la crianza, todo ello fundamentado en el interés superior de las niñas y los niños, las relaciones equitativas y justas con las parejas y el desarrollo de las competencias y capacidades humanas de los propios hombres.

Los padres “positivos” son aquellos que se implican activamente en los cuidados y trabajos reproductivos, desempeñando roles y prácticas igualitarias y facilitando el empoderamiento y el desarrollo óptimo de sus parejas.

Son prácticas de paternidad que desarrollan y amplían las capacidades emocionales y pedagógicas de quienes las ejercen, basadas en paradigmas pacíficos y de deslegitimación de la violencia a todos los niveles.

Se trata de propuestas, prácticas y paradigmas de paternidad contra-hegemónicas, que al mismo tiempo que ofrecen reconocimiento y orientación a las criaturas, transforman la identidad de los propios hombres.

Ser un padre positivo es ser el padre que nuestra sociedad necesita para el Siglo XXI. Es el padre que deseamos ver cuando nos miramos al espejo, es aquel que recoge los aprendizajes del padre que tuvimos nosotros mismos, que transforma lo que no le sirvió y que honra y reconoce aquello que le aportó su padre.

Un padre positivo es aquel que está presente en el día a día de la crianza, que se empodera en los cuidados (no delega su parte ni se escaquea), que se reconoce imperfecto, que se forma y aprende constantemente para ser un mejor padre. El padre positivo genera relaciones justas con su pareja, resuelve los conflictos de forma pacífica, escucha, está dispuesto a renunciar a sus privilegios como hombre,  está atento a sus emociones, prioriza a la familia por encima del trabajo, negocia sus tiempos personales y de ocio de forma equilibrada…En definitiva, es un padre en construcción, para una obra maestra que no tiene fin: ser un buen padre.

Y por si no fuera poco, la paternidad positiva hace a los hombres más felices y sanos. Los padres que se apegan de forma más positiva a sus hijos e hijas afirman que esta relación es una de las razones más importantes de su bienestar y felicidad. Algunos estudios señalan que los padres que tienen una relación estrecha y sin violencia con sus hijos e hijas viven más, padecen menos problemas de salud mental o física, tienen menos tendencia a abusar de las drogas, son más productivos en sus trabajos y dicen sentirse más felices que los padres que no dicen tener este tipo de relación con sus hijos e hijas.

3. ¿Qué relación habría entonces entre las distintas formas de ejercer la paternidad y las masculinidades?

La paternidad y la masculinidad están profundamente interrelacionadas: el modelo de paternidad y los valores asociados a “ser padre”, definen los referentes de la masculinidad, el debe ser, lo deseado; y el ideal de masculinidad, condiciona las prácticas y ejercicios de la paternidad. Por lo tanto, la transformación en una de ellas, afecta irremediablemente a la otra. Es por ello que somos muy optimistas sobre la capacidad transformadora que la paternidad puede tener en nuestras sociedades, ya que ejerciéndola de una forma alternativa, cuidadora, pacífica y empática, esos valores se trasladan automáticamente también al modelo de masculinidad imperante.

Si en décadas pasadas, el modelo deseado de masculinidad era un hombre duro, desapegado, agresivo o triunfador, el modelo de padre de esa sociedad ni podía ni debía ser un padre positivo. Pero por el contrario, hoy en día la práctica cotidiana de muchos padres comprometidos con el cuidado y la crianza, están poniendo en cuestión ese modelo, hasta tal punto que lo deseable empieza a ser aquel hombre “blando” o imperfecto, que tal vez no triunfe, ni vuelque su vida únicamente en su carrera profesional, pero que es capaz de hacer algo mucho más importante, heroico y duradero, como generar una relación de apego seguro con sus hijas e hijos.

Creo que hay que reconocer y destacar que a participación de las mujeres en la transformación de los hombres es fundamental. El empoderamiento de las mujeres es el factor clave de transformación en los hombres, del mismo modo que, los cambios en los hombres hacia posiciones y prácticas más igualitarias, inciden muy positivamente tanto en la vida de las mujeres y su empoderamiento, como de las niñas y los niños.

Una de las claves para entender la resistencias que tenemos los hombres al cambio hacia posiciones y prácticas más igualitarias, pasa porque necesariamente supone perder los privilegios con los que hemos nacido respecto a las mujeres, por el mero hecho de ser hombres. Estos privilegios son patentes en la despreocupación que tenemos respecto a los cuidados en general y de las demás personas en particular, en que lo masculino tiene un valor social mayor que lo femenino, en que recibimos más cuidados de los que aportamos, en la percepción subjetiva que tenemos de seguridad, poder y dominio, etcétera. Si a esto le sumamos los complejos procesos psicológicos que conlleva cualquier transformación profunda, podemos entender mejor las complejidades y dificultades de lograr cambios significativos en los hombres. Es por ello, que la paternidad se ha convertido en un terreno privilegiado, y tal vez el más propicio y fértil para que esa transformación se materialice. Es la experiencia de amor más profunda y conmovedora y estable que viven los hombres, por lo que es una oportunidad única para a través de la relación emocional con las criaturas y la presencia activa en la crianza y los cuidados, generar cambios duraderos en las identidades de los hombres, como seres cuidadores y empáticos.

Desde esta experiencia de paternidad igualitaria, comprometida y cuidadora, mejoran las relaciones de pareja y la satisfacción de las mujeres, se produce un desarrollo probado de las inteligencias múltiples en las criaturas, e incluso mejora la autoestima y el auto-cuidado de los propios hombres. De este modo, a través de la responsabilidad del padre en los cuidados, se transforman las relaciones de género, y por tanto, se cambia el mundo en el que vivimos.

4. ¿Cómo impactan las acciones de las personas adultas implicadas en los procesos de crianza en la educación de sus hijos e hijas? ¿Tendría la figura del padre un impacto específico?

La paternidad y la maternidad, y cómo la ejercemos son los espejos fundamentales en los que se miran nuestras hijas y nuestros hijos. Tenemos que tener en cuenta que tanto las niñas como los niños construyen su identidad personal a través de los modelos de referencia que tienen más próximos, y que tanto la presencia como la ausencia paterna tienen un impacto extraordinario en sus vidas. Con lo que hacemos, más que con lo que decimos, es como estamos transmitiendo los valores, que en el futuro, serán la materia prima con la que las nuevas generaciones de mujeres y hombres construirán sus relaciones. Por lo tanto, si somos padres pacíficos y cuidadores, nuestros hijos varones también lo serán, con la ventaja de que nuestras hijas, vivirán de forma más libre y estarán más empoderadas y seguras, al tener una expectativa de relación con hombres no violentos e independientes emocionalmente.

Cada vez contamos con una mayor evidencia científica, que viene a ratificar como la paternidad es un momento especialmente sensible para la transmisión de valores a las hijas e hijos y que la forma de ejercerla impacta de una forma decisiva y permanente tanto en las niñas como en los niños, así como en el conjunto del sistema familiar.

Hemos de tener en cuenta que el proceso de aprendizaje es muy complejo, pero que tiene una base neurológica donde la imitación de comportamientos y acciones de las personas fundamentales de referencia, son claves. Nuestras hijas e hijos no aprenden a construir su identidad personal y su rol social por aquello que les contamos, sino por lo que hacemos. En este sentido, tenemos que prestar atención a las disonancias cognitivas que pueden producir las contradicciones de las personas adultas. Suele ser muy común que en nuestra narrativa moral, insistamos frente a las criaturas en los valores de la igualdad, al mismo tiempo que podemos seguir reproduciendo roles sexistas dentro de la pareja. Y tal vez sea ese uno de los retos más importantes que tenemos como educadores: acortar la brecha entre las contradicciones que se pueden dar entre la práctica y los discursos, entre lo que decimos y hacemos.

5. Qué medidas institucionales a nivel social, laboral, educativo…se podrían tomar para facilitar o apoyar el cumplimiento óptimo de esas funciones de crianza y educación

Para poder criar, educar o acompañar a nuestras criaturas con unos estándares de calidad adecuados necesitamos disponer fundamentalmente de tiempo, y nuestro sistema productivo o la organización del sistema educativo es son cronófagos, no están armonizados y la conciliación a día de hoy es un concepto que en la práctica supone estrés para las familias y en muchas ocasiones una profunda insatisfacción personal, por no ser capaces de disponer del tiempo de calidad necesario para acompañar como merecen y necesitan a nuestras hijas e hijos.

Uno de los elementos clave serían los permisos de paternidad y maternidad, que deberían ser iguales e intransferibles en al menos los 4 primeros meses y que deberían abarcar el primer año de vida de las criaturas. No hace falta ser especialista para entender que 4 meses no son suficientes para generar el vínculo que necesita un bebé, y que la institucionalización a esa edad es un fracaso colectivo. No hay que olvidar que vivimos en una de las sociedades con menores tasas de nacimiento del mundo: que una sociedad no sea capaz de reproducirse a sí misma no es baladí, y está estrechamente relacionado con que nuestro sistema funciona al margen de aquello que puede garantizar que se produzca una crianza con apego seguro y una educación integral y participada.

Adoptar medidas concretas como la racionalización y flexibilización de los horarios, el cambio en la cultura del trabajo o la ampliación de los permisos parentales, son medidas concretas que podrían ayudar, y mucho, al cumplimiento óptimo de las funciones propias de la crianza. Pero lo que realmente necesitaríamos en hacer un giro y un cambio de rumbo, haciendo extensivas las propuestas de la economía feminista, impulsando políticas integrales que pongan la vida y los cuidados en el centro, ya que sin cuidados no hay vida, y si no se priorizan desde la política y las instituciones, no será posible que lleguemos a generar un sistema donde la socialización y la acogida a las niñas y niños sea armoniosa.

6. Probablemente en la CAPV ya se estén realizando actividades, programas y/o iniciativas para promover la importancia de la sensibilización hacia la crianza de los adultos implicados por igual ¿Cuáles son los más significativos?

Hemos de tener en cuenta que uno de los principales factores de tensión y que más conflictos generan en los sistemas familiares son las relaciones de desigualdad que se producen dentro de los mismos, fundamentalmente por la desigual implicación de los varones. Y ello en sí mismo, es un factor limitante del desarrollo humano de nuestra sociedad.

Las instituciones vascas, conscientes de los cambios que necesitamos impulsar y las ventajas que la implicación de los hombres en los cuidados pueden producir, han empezado a impulsar acciones y programas específicos. Emakunde, a través del programa Gizonduz, puso en marcha hace algunos años una interesante iniciativa a través de la cual se entregaban una mochilas con materiales educativos y de sensibilización a través de las matronas a los hombres que iban a ser padres. Recogiendo esa idea de promover la igualdad en las relaciones familiares y en la crianza a través del cambio en los padres, la Dirección de Política Familiar y Desarrollo Comunitario del Departamento de Empleo y Asuntos Sociales del Gobierno Vasco, realizaron una investigación que tuve la oportunidad de coordinar, para conocer precisamente el estado de la cuestión. De forma paralela, se organizaron una jornadas sobre “Paternidades que transforman”, para poner sobre la mesa reflexiones y experiencias de trabajo que pudieran ayudar a diseñar una estrategia específica de intervención con padres. Pero en el momento actual no se ha puesto en marcha una estrategia coordinada y permanente que nos permita avanzar en ese sentido.

El Módulo Psicosocial de Deusto ha puesto en marcha una interesante inciativa apoyada por la Diputación de Bizkaia y Emakunde, “Aitalaguna”, que es un espacio para sensibilizar y apoyar a los hombres en su camino hacia el cambio personal y colectivo.

7. ¿Qué ventajas tendría la Paternidad Positiva? ¿Podría ser un elemento de prevención de la violencia machista y la que se ejerce contra las niñas y los niños en el entorno familiar?

Se ha confirmado mediante distintas investigaciones que determinadas formas de violencia, en particular la violencia perpetrada por los hombres contra sus parejas, a menudo se transmiten de generación en generación. Los datos obtenidos en ocho países revelaron que los hombres que de niños vieron a la pareja de su madre pegarle, de adultos tenían de dos a dos y media veces más probabilidades de usar la violencia contra su pareja. Mientras que una división más equitativa de los cuidados está asociada con una reducción en los índices de violencia contra los hijos e hijas. Por ejemplo, en un estudio representativo del país llevado a cabo en Noruega encontró que las tasas de violencia perpetrada por las madres y los padres son mas bajas en los hogares donde los cuidados proporcionados por ambos eran más similares.

Uno de los elementos clave en la construcción de las identidades masculinas sigue siendo la disminución de la empatía y la distancia emocional como uno de los rasgos fundamentales del ser hombre. Por otro lado, se sigue perpetuando la idea de que el poder es cosa de hombres, y que la violencia puede estar legitimada para mantener los privilegios, tanto en la esfera pública como en la privada. Es por ello que, las distintas violencias masculinas y en especial, la violencia contra las mujeres es la consecuencia directa de una determinada concepción de la masculinidad. Por tanto, transformar esta idea de ser hombre, rígida y violenta, a través de paternidades y prácticas tiernas, pacífica, empáticas y cuidadoras, son un elemento fundamental para la prevención de la violencia contra las mujeres.

La masculinidad es aquello que hemos aprendido a ser los hombres, en el complejo, único y fascinante proceso de socialización que nos ha tocado vivir y a través del cual, tanto hombres como mujeres construimos nuestra identidad personal. De este modo, interiorizamos sin darnos cuenta los valores y actitudes propias de los modelos de masculinidad. Así, la cultura se convierte en biología y llevamos los roles adheridos a la piel, a las emociones y a los complejos procesos neurológicos que conforman los rasgos esenciales de la identidad personal. Por ello, no podemos desprendernos de lo que hemos llegado a ser, sea una masculinidad justa igualitaria o limitante, tóxica, sexista o “mal entendida”, como si de un traje se tratara. La liberación de los hombres (y de las mujeres), pasa necesariamente por un proceso de revisión crítica de aquellos rasgos sexistas que llevamos impresos y de un trabajo personal lo suficientemente profundo y constante como para generar cambios permanentes, en nosotros mismos y en nuestro entorno.

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