Agur, Aitzol Aramaio Bengoetxea, agur laguna

El 24 de abril nos dejaba Aitzol Aramaio. Pero su partida me encontró lejos y hasta hoy el cuerpo no me ha dado para dedicarle esta entrada, pero necesito hacerlo, porque la angustia que siento cada vez que lo recuerdo, tal vez se vaya transformando al afrontar la realidad de la pérdida y la necesidad de la despedida.

No he podido evitar emocionarme e identificarme con las decenas de referencias que he ido encontrando sobre Aitzol, desde el obituario de Unai Elorriaga en el País, a las palabras llenas de ternura y humor de Kirmen Uribe o de uno de sus tíos, incluso de personas que únicamente le conocieron una mañana y quedaron prendadas de su personalidad, como la periodista June Fernández.

Comparto plenamente la idea de que personas como Aitzol hacen que el mundo sea mejor, por lo que su desaparición nos deja la tarea de sembrar espacios de magia cotidiana,  de utopía y sonrisas francas. Se lo debemos a la vida.

Siempre he admirado la capacidad de algunas personas como Aitzol de atraer a otras personas, de encender fueguítos, desde la templanza, la honestidad, la sensibilidad y el afecto sincero.

Hace ya tres años, tuve el gran privilegio de poder trabajar codo a codo con Aitzol en la concrección de un pequeño sueño, el documental Aitak, que realizamos para Emakunde. Os dejo un enlace a la entrevista que también le hicimos par la web de Gizonduz. En la grabación del documental recorrimos prácticamente toda la geografía vasca. Por la mañana pasaba a recogerle por su casa de Gasteiz, y cada viaje se convertía en una conversación apasionada sobre uno y mil temas, tanto que al llegar a nuestro destino, solíamos demorar un rato tratando de saborear las últimas ideas discutidas, debatidas, rebatidas… Recuerdo que las grabaciones y las entrevistas fueron apasionantes: nos reimos mucho, y también lloramos, casi tanto o más como lo que de la vida aprendimos entre hombres que nos iban abriendo, primero sus casas y después sus corazones. Fue algo muy parecido al enamoramiento, porque como suele decir una buena amiga común, “Aitzol es para enamorarse”. Y tantas vueltas le dimos a la paternidad y el cambio en los hombres, que se dió el efecto contagio, y meses después nació la pequeña Izarra, que como a él le gustaba decir era “haundiena” (lo más grande).

De las conversaciones con Aitzol me quedo con un gesto. Cuando veía algo interesante, bello, extraño o difícil de entender,  se paraba y con las manos creaba un rectángulo con el que simulaba tener el objetivo de una cámara en sus manos, y de este modo, hacía que tu también te metieras sin darte cuenta, en su peculiar manera de vivir y narrar la vida.

Pero también me quedo con una expresión que repetía una y otra vez: “ein ginke, ein ginke” (escritura libre de “podríamos hacer, podríamos hacer”). Eran tantas las cosas que queríamos y podríamos haber hecho, que ahora me arrepiento de no haber empujado con más empeño, algunas de las ideas sobre las que tantas veces hablamos y soñamos, como hacer un remake de “Aitak” en versión “Gizonak”, o su última idea, retratar el complejo entramado que supone la identidad machista de los hombres maltratadores. Con esa lección me quedo, cuando podamos, no posterguemos los sueños, porque de ellos se nutre la vida (que es corta y siempre siempre se acaba).

Os invito a ver un resumen de “Aitak”, ese pequeño canto coral a la paternidad comprometida que en su factura lleva sin duda la impronta de Aitzol:

También os animo a que paséis un rato con el magnífico y laureado trabajo de Aitzol “Terminal”:

Y si podéis, no dejéis de ver “Un poco de chocolate”, su único largometraje, en el que Aitzol reflexionaba precisamente sobre la vida y la muerte:

Pero sobre todo, Aitzol me ayudó y enseñó, con mucha ternura y amor, a reconciliarme y, de alguna manera,  volver a amar, tanto al euskara como a nuestra complicada tierra, a pesar de nuestros conflictos y asperezas.

Eskerrik asko Aitzo, bihotz bihotzez. Beti izango zara nire lagun distiratsuen artean.

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